
No habrá veintidós
Como todas las semanas de la vida, la pasada tuvo sus momentos buenos, y sus momentos menos buenos. Momentos alegres y momentos menos alegres. Pero esta semana pasada, tuvo mi espíritu revuelto. Lo tuvo revuelto, por la desazón que suele causar en mí, la toma de una decisión trascendental. Como sabéis, desde el pasado uno de abril, mi manera de entender y ver la vida ha cambiado. Las tres llamadas perdidas que he recibido, han puesto a funcionar una nueva censura en mis decisiones. Censura, que se ubica en el interior de la cabeza, cuyo papel fundamental es enfriar la efervescencia de mis sentimientos. Le llamo templanza. Y ha sido por ella, por la templanza, que la semana ha sido tan revuelta espiritualmente hablando.
Tras las pertinentes visitas y consultas médicas, propias de las fechas y más acentuadas este año, las indicaciones facultativas, me conducían inequívocamente a acelerar esa última revirá que vislumbro hace tiempo. El tiempo, como Machado bien sabía, pasa factura de manera inexorable, y por bien que se encuentre cualquiera, las excepciones son pocas en ese sentido. Estoy en condiciones de seguir, pero no de abusar.
A finales de enero, estuvimos citados en la Iglesia de Santiago para igualar, y como las veintidós veces anteriores, fiel y puntual acudí a mi cita con el capataz. Ya la templanza instalada en mi cabeza, había avisado en un par de ocasiones, aconsejando que al menos meditase la posibilidad de la despedida como costalero de alguna cuadrilla, pero acontecimientos pasados como mi ausencia en la salida extraordinaria de octubre, me hacían tener claro, que aquí, aún no había llegado mi hora.
Pasados un par de días, y con la cercanía del primer ensayo, la presencia de la templanza, se hizo patente por horas, hasta llegar a no dejarme disfrutar en toda la semana de la seguridad necesaria de estar haciendo lo correcto.
Mi corazón, me decía adelante, que si me encontraba en este dulce estado teñido de experiencia, ilusión y confianza, no tenía porque irme.
Mi cabeza, me arrastraba a recordar duros días de hospital y de verme indefenso ante la misericordia de Dios.
Mi corazón, me decía que allí me comencé a forjar como costalero y siendo de los más antiguos de la actual cuadrilla, era el sitio idóneo para intentar conseguir el sueño de dar la alternativa de trabajadera a mis hijos.
Mi cabeza, me arrastraba a pensar que no era necesario apurar más, ni tensar más la cuerda, que soy un privilegiado por haber salido allí durante 21 años, y eso está al alcance de pocos, ¿verdad Sergio?.
Mi corazón, me decía, que sería peor el cansancio y el sufrimiento de la ausencia que el de la presencia en la cuadrilla.
Mi cabeza, me arrastraba a madurar la posibilidad de otra posible llamada perdida, y el no poder perdonarme por ser tan egoísta.
Mi corazón me decía, que si echaba un poco la vista atrás, el barco del olivo que hace cincuenta años se inventaron en el barrio, lleva incrustado para siempre el trabajo de familiares míos, en la bodega, y fuera de ella, y yo mientras pueda debo ser fiel continuador de la encomienda.
Mi cabeza, me arrastraba a la humildad de la despedida en plenitud de facultades y haciendo el menor ruido.
Mi corazón, me decía que no sabré que hacer, cuando piense en la singladura del lunes santo y yo no sea partícipe de la misma; la levantá del corral del conde, imagen, sindicatos, Catedral, francos, el lomo de alvarez quintero en el izquierdo, alfalfazo, pila del pato, la imposible revirá de cardenal Cervantes, la levantá a pulso de la puerta…
Mi cabeza, me arrastraba a pensar, que antes o después llegaría el momento, y Dios ha decidido que sea este.
Tras varios intentos de llamar al capataz, para en la soledad de su comprensión y con la templanza por compañera, anunciarle mi retirada y agradecer todo lo que ha significado para mí, la oportunidad que me brindó en el inicio de 1988 cuando aún no tenían ni la mayoría de edad, fue el pasado viernes, cuando quedamos citados para vernos.
Llegué temprano, y en fría noche de un viento que entraba de Huelva a Sevilla por las entrañas del zurraque trianero, esperé en silencio, sólo con mis recuerdos, su llegada. Tras el pertinente saludo, y siguiendo su consejo de guarecernos en las proximidades de un lateral de fachada, le solté mi decisión de un solo golpe. Me quité el peso del comunicado de manera apresurada. Había buscado un momento en que no estuviésemos acompañados, y él tuviera prisa. No quería devolverle la gratitud de estos 21 años, con ni siquiera una lágrima. Hace tiempo, que comprendí, que los sentimientos no se deben reprimir ni ocultar, y si te llevan al llanto, mejor dejarlo fluir. Pero en esta ocasión, pretendía mantenerme firme ante él. Había optado por hacerlo de esta manera desapercibida y quería que concluyese con esa entereza. No era necesario más. De sobra se, que mi capataz y amigo, sabe lo que han significado para mi estos años, y
que a pesar de lo a veces rebelde de mis formas, mi respeto hacia él y sus decisiones han estado por encima de todo. Como también sabe que no he escatimado esfuerzos en el desarrollo de mi trabajo. Ese es el reconocimiento que quiero y no quería derrumbarme ante él, pues mi relación con Paco no lo merecía.
Mi corazón, estuvo un par de veces tentado de ganarle el pulso a la cabeza, pero como he dicho, la templanza, alojada en dominante rincón de esta batalla, se impuso y pude tragarme la sangre que a borbotones brotaba por la herida que esta despedida causa en mis sentimientos. Una vez de vuelta a casa, ni quise, ni pude, ni era necesario aguantar más, y como una fina lluvia que pronosticadamente se convierte en tromba de agua, los recuerdos, las vivencias, los esfuerzos, las anécdotas y todo lo acontecido en este tiempo, se me vinieron encima. Con la pena que me causa no poder seguir más, y la alegría de haber pertenecido durante 21 años, me retiro de la cuadrilla del Pasocristo del Rocío, del Beso de Judas y de la Redención, que a las tres he pertenecido, aunque ya se, que no habrá veintidós.
Juan Mari